Tener clase.


PR02_261011_VICENT / Mercedes Durá

Si algo valora Manuel Vicent es la clase; si algo detesta es la vulgaridad. Que nadie se equivoque, tener clase no es sinónimo de tener dinero, ni un alto nivel académico. Para Manuel Vicent tener clase implica otro tipo de cuestiones como honestidad y educación, lo cual nada tiene que ver con la  fama, el poder o el estatus social; ni siquiera con la belleza o la prestancia:

“Aunque tener clase no desdeña la nobleza física como un regalo añadido, su atractivo principal se deriva de la belleza moral, que desde el interior del individuo determina cada uno de sus actos. La sociedad está llena de este tipo de seres privilegiados. Tanto si es un campesino analfabeto o un artista famoso, carpintero o científico eminente, fontanero, funcionaria, profesora, arqueóloga, albañil rumano o cargador senegalés, a todos les une una característica: son muy buenos en su oficio y cumplen con su deber por ser su deber, sin darle más importancia. Luego, en la distancia corta, los descubres por su aura estética propia, que se expresa en el modo de mirar, de hablar, de guardar silencio, de caminar, de estar sentados, de sonreír, de permanecer siempre en un discreto segundo plano, sin rehuir nunca la ayuda a los demás ni la entrega a cualquier causa noble, alejados siempre de las formas agresivas, como si la educación se la hubiera proporcionado el aire que respiran.” Tener clase, artículo publicado en El País el 07/03/201

La prensa está llena de columnas de opinión y de reportajes con una pretendida visión social y crítica. Pero pocos periodistas saben mostrar  como lo hace Manuel Vicent cuestiones intimas y básicas del ser humano como la integridad, la honestidad y una ética personal y colectiva necesarias para la vida. Manuel Vicent habla de cuestiones tan trilladas y tan poco de moda como la igualdad social o la autenticidad y suenan a nuevas. Porque, lamentablemente, siempre hay una historia o algún individuo que las pone de actualidad. Es ahí donde Manuel Vicent interviene y pone, a golpe de tinta, cada cosa y persona en su lugar y distingue lo que es la clase de la chabacanería. “Desaparecido el hombre de la faz de la Tierra, en ella reinarán todavía los lagartos, los berberechos, el bacilo de Koch y otras criaturas que resistan hasta el final la adversidad del universo. Tal vez el último superviviente será una bacteria semejante a aquella mediante la cual se inició la vida en una charca africana. (…) Entre estas dos bacterias hermanas, el tiempo se habrá constreñido a un punto inmaterial en cuyo interior se hallará la historia de la humanidad como un episodio secundario de la bioquímica. A pesar de esto, hay gente que saca pecho y dice: usted no sabe con quién está hablando.” Pedregal, 101

Manuel Vicent habla de cosas sencillas: de la importancia de ser buena persona o, al menos, una persona decente. No es una muestra de altruismo exacerbado sino que él mismo asegura que “a lo mejor es puro egoísmo”, y añade: “quiero que todos sean felices, tengan dinero y sean agradables, que haya justicia social, revolución proletaria… Todo eso con la exclusiva motivación de que me dejen tranquilo, que todo el mundo esté contento para que me dejen hacer lo que me dé la gana.”

Manuel Vicent, con mucho tacto y con mucha clase, se ubica, cuando escribe, en ese segundo plano al que hace mención en esta columna, para que  a través de la anécdota lleguemos, siguiendo su hilo argumental, al mismo corazón del ovillo, a lo más íntimo de nuestra existencia.

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